jueves, enero 15, 2026
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    Competir con IA en 2026: retos y oportunidades para el sector empresarial Mexicano. Daniel Legaspi de Santamarina+Steta

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    Al comenzar 2026, la inteligencia artificial (IA) deja atrás la etapa de demostraciones y entra en el terreno de la evidencia. Mientras algunos países han aprobado decenas de leyes para regularla, se intensifica el debate sobre la transparencia de los datos que alimentan a los modelos y la necesidad de proteger derechos de autor y privacidad. Estas discusiones coinciden con la llegada de agentes digitales cada vez más autónomos: sistemas que pasan de ser asistentes a convertirse en verdaderos colaboradores capaces de ejecutar tareas complejas. Sin embargo, análisis recientes señalan que solo una minoría de las empresas ha llevado estos agentes a producción y que la mayoría sigue en fase piloto. Por ello, 2026 será el año en que los líderes empresariales exigirán que la IA demuestre su rentabilidad y su aporte tangible al negocio.

    En paralelo, la regulación se vuelve un factor competitivo. En los próximos meses entrarán en vigor marcos normativos más estrictos, especialmente en Europa, que obligarán a clasificar los sistemas de IA por niveles de riesgo y a mantener supervisión humana. Al mismo tiempo, distintas regiones buscan reducir su dependencia tecnológica mediante modelos más eficientes y desarrollos locales, mientras las grandes potencias compiten por inversiones y capacidad de cómputo. México no puede ignorar este contexto: debe actualizar sus normas de propiedad intelectual, datos personales y competencia para integrar la IA a su sistema jurídico y participar activamente en los foros internacionales donde se define el rumbo de estas tecnologías.

    La adopción tecnológica también está estrechamente ligada a la infraestructura y a la energía. La demanda de cómputo crece más rápido que la reducción de costos, lo que está llevando a las empresas a migrar hacia arquitecturas híbridas que combinan nube, centros de datos locales y computación en el borde. Diversos expertos advierten que la disponibilidad de energía será uno de los principales límites para el crecimiento de la IA. Para un país como México, integrar esta tecnología en los negocios implica también planear fuentes de energía, redes de conectividad y centros de datos locales que permitan sostener la transformación digital.

    Las aplicaciones prácticas de la IA ya son visibles en sectores clave. En salud, los sistemas de apoyo al diagnóstico están ayudando a reducir brechas de atención; en el sector financiero, los agentes semiautónomos comienzan a gestionar solicitudes y a tomar decisiones, aunque con riesgos que exigen marcos de seguridad y ética más rigurosos; y en el comercio electrónico, se perfila un escenario en el que los consumidores describen lo que buscan y los algoritmos se encargan de ejecutar la compra. Este cambio obligará a las empresas a repensar su estrategia comercial, pues ya no competirán solo por la atención de las personas, sino también por la de los algoritmos.

    No todo son ventajas. La saturación de contenido generado por IA empieza a generar fatiga y desconfianza, lo que impulsa una mayor demanda de autenticidad y transparencia. Esto refuerza la importancia de identificar claramente el contenido sintético y de exigir a los desarrolladores mayor claridad sobre el origen de los datos utilizados para entrenar los modelos. Al final, 2026 será el año en que la IA tendrá que demostrar su valor real. Para México, la oportunidad está en adoptar la tecnología con prudencia: escalar proyectos que generen valor, adaptar la legislación, invertir en infraestructura y talento, y promover una cultura de ética y transparencia que permita competir en un entorno global cada vez más impulsado por la inteligencia artificial.

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